Al día siguiente, una rata, y al otro, una paloma, que tiraba siempre a la basura mientras le vigilaba.
Parecía la venganza de algún vecino celoso.
Parecía la venganza de algún vecino celoso.
Pero tras encontrar una rosa, montó guardia toda la noche.
Al oír un ruido se lanzó tras el acosador, que huyó por la escalera.
Cuando Ilio llegó al tejado se enamoró al instante.
Ella supo que había ganado.
De un salto se adentró en las sombras y, contoneándose, encendió sus ojos y le dijo dulcemente: miau.
Alberto Pereiras

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